Cor ad cor loquitur

Este era el lema del Cardenal Newman y significa: "el corazón habla al corazón"El corazón es ese núcleo íntimo que no mostramos a cualquiera. Abrirlo supone volvernos vulnerables, arriesgarnos a salir de nosotros mismos. Vivimos en un mundo en el que la gran mayoría vive con el corazón endurecido y aturdido.

¿Qué va a poder oír un corazón que se mueve entre excesos? ¿Cómo podremos hablar desde el corazón si ni siquiera nosotros mismos toleramos habitar en él?

El corazón necesita ser cuidado y mantenido limpio para poder acoger lo que hay en el corazón del otro. Pienso cuánto daña la impureza, que ataca precisamente la capacidad de entrar en comunión con los demás, encerrando a cada persona en sí misma. Así, el corazón ajeno queda desprotegido, porque ya no se es capaz de ver lo que tiene para brindar.


El Evangelio habla muchas veces del corazón y nos enseña a cómo moldearlo para hacerlo semejante al del Señor. Veamos algunos ejemplos.

«María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.» (Lc 2, 19) Ella atesoraba cada momento junto a su Hijo. ¡Qué distinto el corazón de la Madre al nuestro! Muchas veces, somos incapaces de retener lo que nos dice el Señor, de guardar nuestras vivencias para descubrir cómo obra Él en ellas.

Los discípulos de Emaús se decían el uno al otro: "¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32) Hace unos días pensaba: ¿cómo sé cuál es la voluntad del Señor? Allí dónde Él enciende su fuego, donde en nuestro corazón hay un gozo que es ajeno a nosotros mismos, y que por nuestra parte resulta inexplicable, ahí se está manifestando Dios. Es precisamente en el corazón, donde el Señor nos muestra, poco a poco, el camino que nos tiene preparado.

Finalmente, concluyo con estas palabras del Señor: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.» (Mt 6, 21) En ellas se nos presenta el mejor examen de conciencia, ¿Dónde estamos poniendo nuestro corazón?



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