Sufriendo con el Crucificado
En el dolor nos descubrimos necesitados; nos reconocemos dependientes. Sin Cristo nada podemos, aunque a veces olvidamos esta verdad. El sufrimiento nos purifica: de nosotros mismos, de los apegos, de los afectos desordenados. Nos muestra que solo debemos tener un corazón para el Señor, único refugio seguro.
Muchas veces no queremos sufrir, porque el sufrimiento implica ser humillados. Nos enfrenta con la realidad de que nuestra vida no está bajo nuestro control. Y los seres humanos, en nuestra soberbia, nos resistimos a aceptar que las cosas no se hacen según nuestra voluntad.
En el sufrimiento quedamos desnudos. Ya no podemos escudarnos ante nada. Nos encontramos despojados de todo, indefensos. Solo nos queda mirar al Señor y dejarnos levantar por sus brazos misericordiosos.
Los amigos de Cristo estamos llamados a sufrir con Él, a saciar la sed que tuvo en la Cruz, a ser su consuelo. Nada nos une más íntimamente al Maestro que esto.
Cuando rehusamos abrazar nuestra Cruz, una mucho más pesada sale a nuestro encuentro. Pero claro, esa no es la cruz que el Señor pensó para nosotros. Tememos tanto el madero, que olvidamos que dulce es la carga llevada en nombre del Señor.
¿Que serán un par de amargos calices llevados por el Amor de los Amores?