En búsqueda de una vida más auténtica
Durante toda mi adolescencia tuve redes sociales. Mis compañeras de colegio tenían, mis conocidos tenían, así que era algo que casi por mandato había que tener. Para mí, no tener Instagram era "no ser nadie". Un usuario era lo que definía mi identidad.
Algo similar, me pasaba con la ropa. Había que vestirse como las demás. No me preguntaba si lo que me compraba me gustaba realmente, estaba de moda y punto.
Quién lea esto, podría no ver dónde está el problema, podría parecerle algo sin importancia.
La superficialidad, aunque parece inofensiva, termina siendo peligrosa: no permite descubrir quienes somos. Nos mantiene distraídos, nos adormece, impide que ahondemos en la profundidad de nuestro ser. Y así, el enemigo avanza: si no nos conocemos, con mayor facilidad caeremos en las mentiras que ofrece el mundo; si no nos conocemos, ¿cómo vamos a poder hacer una entrega generosa de nuestro ser?
La capacidad de la introspección, de desarrollar nuestra interioridad, es uno de los aspectos que nos elevan por encima de las demás creaturas, algo constitutivo de nuestra humanidad.
La cultura actual parece empeñada en ahogar este aspecto esencial de nuestro ser, en destruir la intimidad. Nos impulsa a ocultarnos detrás de distintas máscaras, para no dejarnos ser vistos y para evitar ver en nosotros mismos aquello que no queremos enfrentar.
Pero, al haber sido creados, hay bondad en lo más profundo de nuestro ser, por provenir del Creador. Pues entonces, allí mora Él. Entremos en nuestro corazón, a fin de poder descubrirlo.
No tengamos miedo de adentrar nuestro interior, en lo más hondo hallaremos la verdad: un Dios que nos habita.
Me gustaría cerrar esta breve reflexión con una frase de San Agustín:
“¡Reconoce que en ti hay algo... dentro, muy dentro de ti!... Deja fuera tu vestido y tu carne, y desciende hasta ti; entra en tu gabinete interior que es tu mente. Si tú mismo estás lejos de ti: ¿cómo podrás acercarte a Dios?”